Se había vuelto un zombie; todo el día pegado al mando disparando vete tú a saber qué en la pantalla de la consola.
Le hablaba y a todo me contestaba con monosílabos: Sí, No. Lo estaba perdiendo.... Ya no era ese niño dulce, sociable y divertido ahora era todo lo contrario y me asustaba.
Cuánto mejor estaba jugando en la calle, con niños de carne y hueso, interactuando mirada a mirada, compartiendo, aprendiendo.
¿Qué podía hacer? Aquella máquina me estaba ganando la partida.
Máquina: 10
Madre: 0
el k.O. era tan doloroso... Nunca debí sucumbir a la idea de regalarle ese amasijo de soledad y de apatía.
Demasiado tarde para lamentarse...Él ya estaba perdido en un limbo virtual, una droga tecnológica que destruye la realidad y yo desolada con la pérdida de la inocencia de mi hijo.
Pablo C 2016
Todos los derechos reservados.
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